La montaña de los quebrantahuesos

23 de mayo, 2019 - Crónicas - Comentarios -

Como indica su nombre, esta emblemática ave se alimenta de los restos óseos que traga enteros cuando tienen un tamaño relativamente pequeño. Cuando no es capaz de tragar un hueso por ser demasiado grande, se lo lleva y lo deja caer desde lo alto sobre una zona rocosa para fraccionarlo. Estos lugares donde rompen los huesos se denominan “rompederos”.

Su nombre científico, “Gypaetus barbatus” hace alusión a su aspecto y deriva del griego «gyps» (buitre) y «aetos» (águila) y del latín «barbatus» debido a la barba de plumas que luce este animal  bajo su pico. La traducción vendría a ser algo así como “Un ave medio buitre medio águila con barba”.

Esta mítica ave estuvo al borde de la extinción en España y por ello se implementaron planes de conservación y actuaciones concretas como la alimentación suplementaria en determinadas localizaciones de su zona de cría. En concreto el Gobierno de Aragón tiene un punto de alimentación en el Parque Nacional de Ordesa.   Y allí han instalado un pequeño observatorio desde el que es posible obtener buenas fotografías de esta emblemática rapaz y conceden diez permisos al año para poder realizar sesiones fotográficas.

Hay que reconocer que este animal tiene un aspecto sorprendente. Es muy fotogénico y por ello pieza codiciada por los fotógrafos de naturaleza.  Por eso todos los años se presentan muchas solicitudes para poder acceder al “hide” de El Cebollar (así se denomina este pequeño aguardo fotográfico) y tienen que realizar un sorteo entre los solicitantes.  Era el cuarto año que pedía el permiso y por fin me tocó en el sorteo y  pude elegir la fecha que más me interesaba, la tercera semana de abril, la primera semana en la que se realizaba la actividad fotográfica este año. La intención era evidente, quería no sólo fotografiar al quebrantahuesos, sino hacerlo a ser posible con nieve.

Así que nos encaminamos hacia el Pirineo mi buen amigo Rafael Garrido y yo, con el objeto de traernos buenas imágenes del “clunchigüesos” como se conoce también popularmente a esta ave en Aragón. La verdad es que el tiempo estaba muy revuelto y las previsiones apuntaban a que podían pasar varios frentes y dejar algo de nieve. Nuestro primer intento fue fallido porque al llegar a nuestro destino que está situado a 1.900 metros de altitud, había una intensa niebla que apenas levantó en todo el día y los quebrantahuesos no volaron. Por la tarde empezó a nevar copiosamente y tuvimos que recoger y bajar corriendo antes de que la pista se pusiera intransitable.

El segundo y tercer día hizo un tiempo horrible y no pudimos subir.  Cada vez que mirábamos hacia arriba veíamos la montaña cubierta de nubes. Nos sentíamos como los escaladores que aguardan en el campo base a que haya una ventana de buen tiempo para atacar la cumbre. Y como no podíamos estar parados pues aprovechamos para hacer fotografía de paisaje en este maravilloso entorno de Ordesa, eso sí, pasando un poco de frío.

Al cuarto día parecía que el tiempo nos daba un respiro. Las previsiones eran favorables a partir del mediodía. El problema era que la noche anterior había caido una importante nevada por encima de los 1.600 metros y la pista de acceso  era intransitable con vehículos a partir de esa altitud. Era nuestra última bala, no podíamos volvernos con las manos vacías. Así que nos armamos de coraje, dejamos el coche aparcado a un lado e hicimos los últimos 5 kilómetros a pie, cargados como mulos por la nieve con el equipo fotográfico. Tardamos algo más de dos horas en alcanzar nuestro objetivo. Eso sí el espectáculo del escenario fotográfico totalmente nevado que se presentaba ante nuestros ojos era sublime.  Y al fondo, las cumbres nevadas del cañón de Ordesa que proporcionaban unos fondos fantásticos. Ahora sólo hacía falta que acudiera a su cita el quebrantahuesos.

Al principio todavía había algo de niebla e incluso caían de vez en cuando algunos copos de nieve pero, como estaba previsto, a media mañana empezó a aclarar. Los primeros en llegar, como siempre fueron los buitres leonados, que se dedicaron a sacar los pocos trozos de carne que había entre los huesos de oveja que habíamos esparcido en la nieve. Eso sí, dejaron el escenario totalmente pisado. Los milanos reales hacían sus característicos picados para tratar de coger al vuelo algún hueso que luego también se dedicarían a rebañar. No faltaron los cuervos, que se paseaban entre los hambrientos buitres tratando de arrebatarles algunas migajas. Incluso un atrevido alimoche se posó a corta distancia esperando poder sacar algo de ese banquete.

Cuando ya estábamos preocupados por volvernos sin nuestro principal objetivo en nuestras tarjetas de memoria, una fugaz aparición de un ave grande volando sobre el cañón nos puso en guardia. ¿Era el quebrantahuesos? Al rato volvió a pasar y no tuvimos dudas, el “buitre águila”  había visto a los leonados alimentándose y estaba realizando una precavida aproximación. Al final eran dos ejemplares adultos los que estaban dando pasadas sin llegar a posarse.  Momento mágico que aprovechamos para realizar algunas tomas de vuelo con esos fondos tan espectaculares del cañón de Ordesa. Al final se llegaron a posar un instante aunque algo lejos, detrás de los buitres, por lo que no pudimos hacerles buenas fotos. Luego volvieron a marcharse.

Los buitres, cuando ya no tuvieron mucho que rebañar se fueron yendo poco a poco del escenario, quedando un solitario alimoche y los cuervos. Pero sabíamos que ese era el momento del quebrantahuesos. Cuando se retiran los buitres, entran ellos en acción para dar cuenta del resto del botín. Y así sucedió, un ejemplar adulto se posó y cuidadosamente fue seleccionando aquellos trozos de hueso que le parecieron más apetitosos y se los fue tragando uno a uno. Nosotros con la adrenalina por las nubes, absortos ante esa mágica estampa del imponente quebrantahuesos en la nieve. Objetivo cumplido, todo el esfuerzo había sido compensado.

El quebrantahuesos tampoco estuvo demasiado tiempo comiendo. Cuando se sació se fue volando y no lo volvimos a ver. Esperamos un rato más pero ningún otro apareció. Aunque quedaba todavía bastante luz no pudimos quedarnos más puesto que teníamos que hacer el camino de vuelta por la nieve y no queríamos que se nos hiciera de noche. No obstante la vuelta fue más llevadera, íbamos cuesta abajo y pisábamos sobre las huellas que hicimos por la mañana. Y sobre todo bajábamos muy contentos de la montaña del quebrantahuesos pues nos había regalado unos momentos inolvidables.

Por último quiero agradecer el trabajo inestimable  que realizan los agentes de protección de la naturaleza de Aragón aportando alimentación suplementaria para que los quebrantahuesos puedan prosperar. Tanto a Manuel y  Daniel  que nos acompañaron el primer día y cargaron a la espalda con los bidones de huesos, como a Amaia que nos acompañó por la pista nevada hasta que no pudo avanzar más.  Son verdaderos guardianes de estas joyas aladas que tenemos el placer de disfrutar, esperemos por muchos años.

 

Un tiempo muy desapacible con nubes y precipitaciones continuas en la montaña nos obligó a quedarnos en el valle.

 

Los días que no pudimos subir al hide aprovechamos para hacer fotos El P.N. de Ordesa. 

No fue precisamente fácil la subida hasta nuestro aguardo fotográfico.

Los primeros en bajar cuando mejoró el tiempo fueron los leonados

Detrás de los buitres apareció el alimoche. Se hacía raro ver a este ave migradora en la nieve cuando hace pocos días estaba en África

Los milanos reales también aparecieron rápidamente al ver el tumulto de buitres.

Como es habitual en ellos, los milanos hacían picados para coger al vuelo pequeños trozos de carne.

Los cuervos quedaron al acecho para robar algún bocado a los buitres.

Un subidón nos dió cuando empezamos a ver a nuestro protagonista sobrevolar la zona.

Cada vez volaban más bajo, controlando la situación.

Tardaron en decidirse pero al final bajaron.

Aquí tenemos a nuestro "buitre-águila barbado" luciendo su imponente plumaje en la nieve.

Parece mentira con qué facilidad es capaz de tragarse los huesos. En ocasiones les he visto comerse un buen trozo de pata de cordero con su pezuñita y todo. 

Con un poco de pena abandonábamos nuestro campamento base en Torla.

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